Corria el año 1987, en un Montevideo post dictadura, donde la euforia generalizada, las ganas del pueblo de vivir libremente, sin las presiones del yugo verde aceituna, que hasta no hace poco había teñido de rojo temor las calles del cosmopolita barrio del Cerro.
Todos los martes a la mañana, la calle Japon se vestía de coloridos toldos, se poblaba de sonidos alegres, d
e un mar de pueblo que se acercaba a la feria del barrio.
Mi prima Laura y yo, que vivíamos al 1930 de la calle Japon, salíamos todos los martes de mañana a jugar entre la feria, los vecinos, todo aquel maravilloso mundo que se nos presentaba ante nosotros, unos niños de tan solo 8 años que vivían despreocupadamente, disfrutando de la calle, que por aquellos años no albergaba los peligros de hoy día.
Al terminarse la feria, sobre el medio día, Laura y yo salíamos a recoger las semillas de zapallo criollo.
Fué ella quen enseñó a este canarito, criado en el campo, que dentro de esas semillas se encontraba un sabroso y preciado tesoro, las pepitas de zapallo.
Desde entonces, cada vez que como una de ellas, recuerdo a mi prima Laura, pués con su manera de ser tan particular, su risa facil, su humor negro y su desenfado, también me enseñó que dentro de todos nosotros existe un precioso tesoro, una pepita de zapallo que atesoramos, y es ese cariño que traspasa los lazos sanguineos y perdura atravez del tiempo, y cuando la feria de la vida se termine, y el colorido barullo de la cotidianeidad nos distraiga y aleje de nuestros seres queridos, aun asi, siempre compartiré con élla, en el recuerdo y en el corazón, nuestros días de la niñez, comiendo las pepitas de zapallo.
Juanjo Braida 2012
Mi prima Laura y yo, que vivíamos al 1930 de la calle Japon, salíamos todos los martes de mañana a jugar entre la feria, los vecinos, todo aquel maravilloso mundo que se nos presentaba ante nosotros, unos niños de tan solo 8 años que vivían despreocupadamente, disfrutando de la calle, que por aquellos años no albergaba los peligros de hoy día.
Al terminarse la feria, sobre el medio día, Laura y yo salíamos a recoger las semillas de zapallo criollo.
Fué ella quen enseñó a este canarito, criado en el campo, que dentro de esas semillas se encontraba un sabroso y preciado tesoro, las pepitas de zapallo.
Desde entonces, cada vez que como una de ellas, recuerdo a mi prima Laura, pués con su manera de ser tan particular, su risa facil, su humor negro y su desenfado, también me enseñó que dentro de todos nosotros existe un precioso tesoro, una pepita de zapallo que atesoramos, y es ese cariño que traspasa los lazos sanguineos y perdura atravez del tiempo, y cuando la feria de la vida se termine, y el colorido barullo de la cotidianeidad nos distraiga y aleje de nuestros seres queridos, aun asi, siempre compartiré con élla, en el recuerdo y en el corazón, nuestros días de la niñez, comiendo las pepitas de zapallo.
Juanjo Braida 2012