Solo supe esconderme cuando llegó la tormenta. Tan solo busqué amparo en la oscuridad, en un aparente desaparecer.
Tanto me escondí, que a menudo no me encuentro. Me he buscado si éxito entre los terrones de mi niñez, he mirado los garabatos dibujados en la tierra de aquel pensativo niño que generalmente jugaba solo y soñaba despierto, y ahí tampoco me encontré.
Me busqué a orillas del río, caña en mano, silencioso y escuchando las palabras de los grandes, tampoco estaba ahí.
Se que no estoy además en la vendimia, lo se porque hace ya mucho que no se azulean en tinta mis manos. Tampoco entre los manzanos podando estoy, ni sentado frente a mi abuelo en aquella imponente mesa del comedor.
No estoy sobre el tractor, ni arando a caballo, ni en la carneáda, ni cortando acelga o juntando boniatos.
Me busqué entre las colmenas y tampoco estoy, lo supe al oler mi ropa y no sentir una pizca de olor a humo, tampoco vi mis botas chorreadas de miel, ni abejas muertas en mis bolsillos.
Se que tampoco estoy en la carpintería, y lo que es peor, que ella tampoco está conmigo. Ya no dejo al caminar un rastro visible y espolvoreado de aserrines que delatan mi presencia.
No me encontré, y es raro. Se que debo estar por ahí, en algún lado. Creí verme en un cuaderno viejo con poemas mal terminados, pero no era yo, al menos ese yo al que estoy buscando -que por cierto- no se quien es, ni si existe aun.
Juanjo Braida 2014©