Mientras escribia nuestra historia, descubrió mi pluma que el tintero de mis sueños estaba justo al centro de tus caderas.
En cada párrafo de noche, el cuaderno de la cama quedaba escrito para siempre. Se humedecian las sábanas y se encienden los besos hasta volvernos cenizas amanecidas. Que suerte cruzarnos en el camino, habernos visto con esos ojos que Dios le da sólo a sus mejores demonios. Que alegría tenerte sin tocarte, y sin tocarme ser más tuyo que tus ojos.
Juanjo Braida 2020