domingo, 26 de julio de 2020

Sin martillo.

Sin martillo.

Sin dudas era yo,
sentí que era un sin sentido
culpar a la suerte o al universo.
No podía ser otra cosa
que ese enfermizo antojo de fracasar.
No quería ser hiriente
ni escribir este epitafio al pie de página
de esta sentencia de muerte
pronta a ejecutarse
con la misma naturalidad 
con la que le he escrito mis mejores poemas.
Pero al fin ya está hecho, 
no podía evitar parir
éste hijo pródigo de mi desdicha,
una más de las perlas
de este collar de desgracias
que adornaba mi existencia.
Una parte de mi
sigue teniendo la terca fe a la que se aferran
los enfermos terminales
que esperan pacientes
el milagro que saben,
con certeza, no ocurrirá.
Que tontería maldecir la puntería,
que horror malgastar
los últimos besos y los últimos polvos
en tan ingenua fantasía.
Y lo peor es la certeza del amor en soledad,
la total y absoluta convicción
de estar profundamente equivocado
por enécima vez.
Como si no fuera posible
en mi ceguera espiritual
acertar en el clavo,
como si no hubiera clavo
o peor aún,
como si jamás hubiera tenido en las manos de mi suerte
el puto martillo.

Juanjo Braida  2020